14/06/2026
Me encanta cuidar de mis animales, a mis 35 años abandoné la ciudad para vivir en el campo y mi vida dió un giro de 180 grados.
Aquí está tu guion completo, listo para audio:
Hay un olor que no olvido. El olor a tierra mojada después de la lluvia, mezclado con el estiércol de los chivos y el humo de la leña que mi vecina siempre enciende al amanecer. Ese olor, que al principio me revolvía el estómago, hoy es lo primero que busco cuando abro los ojos en la mañana. Pero para entender cómo llegué aquí, tengo que contarles desde el principio, desde aquella vida que creía que era la mía y que en realidad me estaba consumiendo poco a poco, sin que yo me diera cuenta.
Yo nací en la ciudad. En Guadalajara, para ser exacta. Crecí entre semáforos, centros comerciales y el ruido constante de los camiones que pasaban por la avenida donde vivíamos. Mi mamá siempre decía que yo era una niña de asfalto, que el campo era para la gente que no tenía otra opción. Y yo le creí. Durante treinta y cinco años le creí todo lo que me dijo.
Trabajaba en una empresa de logística, en el área de administración. Ocho horas sentada frente a una pantalla, a veces nueve, a veces diez. Comía en el escritorio porque la hora del almuerzo no alcanzaba para nada. Llegaba a casa con los pies hinchados y la cabeza vacía, y lo único que quería era tumbarme en el sofá y no pensar. Los fines de semana los perdía en mandados, en lavar ropa, en intentar ver a alguna amiga que también estaba agotada. Era una rueda que giraba sola y yo nomás me dejaba llevar.
Tenía un gato en ese entonces. Se llamaba Moreno, un gato negro con una manchita blanca en la pata delantera. Era mi único compañero de verdad. Cuando llegaba destrozada, él saltaba a mi regazo sin pedirme nada, sin juzgarme, sin preguntarme por qué otra vez llegaba tarde. Me miraba con esos ojos amarillos como si yo fuera lo más importante del mundo. Y en esos momentos pensaba, qué extraño, que el único ser vivo que me hace sentir en paz es este animal.
Un día, un martes cualquiera de noviembre, me llamaron a la sala de juntas. Reestructuración, dijeron. Recorte de personal. Me dieron un sobre con la liquidación y una sonrisa apretada de la gerente de recursos humanos. Salí a la calle con la caja de mis cosas y me quedé parada en la banqueta sin saber hacia dónde caminar. Tenía treinta y cuatro años, un gato, un departamento rentado y de repente, nada más.
Los primeros dos meses después del despido fueron los peores de mi vida. Me quedaba dormida hasta tarde porque no tenía razón para levantarme. Comía mal. Salía poco. Mi mamá me llamaba todos los días para preguntarme si ya había mandado currículums, y yo le decía que sí aunque no siempre fuera verdad. Una tarde, mientras buscaba trabajo en internet, encontré por accidente un foro de personas que habían dejado la ciudad para vivir en el campo. Leí durante horas. Historias de gente que había cambiado de vida a los cuarenta, a los cincuenta, incluso a los sesenta. Gente que tenía gallinas, huertos, perros callejeros adoptados, cabras. Gente que decía que por fin podía respirar.
Me burlé un poco. Pensé que eran historias bonitas para romanticos que no conocían la realidad. Pero seguí leyendo.
Tenía una prima lejana, Celia, que vivía en un pueblo del estado de Jalisco, cerca de Tequila. No el pueblo turístico, sino más adentro, por los cerros, donde la gente siembra maíz y cría animales. Nos habíamos visto poquísimas veces de adultas, en bodas, en funerales, en esas reuniones familiares donde todos hablan pero nadie se dice nada de verdad. Un día la llamé, no sé bien por qué, quizás porque estaba desesperada o quizás porque algo en mí sabía que necesitaba escuchar una voz distinta. Le pregunté cómo estaba su vida allá. Se rió y me dijo, pues aquí ando, con mis gallinas y mis deudas como todo el mundo. Pero oye, si quieres venir a descansar unos días, aquí tienes cama.
Me tardé tres semanas en decidirme. Guardé cuatro cambios de ropa, a Moreno lo metí en su transportín y tomé la carretera un domingo por la mañana. Calculé que serían diez días, dos semanas máximo. Que después regresaría y encontraría trabajo y todo volvería a ser normal.
No regresé en dos semanas.
La casa de Celia era de adobe, con piso de cemento y techo de lámina que tronaba cuando llovía como si alguien estuviera tirando piedras. Tenía un corral con ocho gallinas, dos gallos peleones, un b***o viejo al que le decían Nopal y tres perros de rancho que dormían bajo los árboles. El primer día me pareció todo ruidoso y desordenado y un poco caótico. Las gallinas se metían a la cocina si no cerrabas la puerta. Los perros ladraban a cualquier cosa. Nopal rebuznaba a las cinco de la mañana sin falta, como si fuera su trabajo personal despertarme.
Pero algo me pasó esa primera semana que no supe explicarme. Empecé a dormir de verdad. No ese sueño cortado de la ciudad, donde te despiertas a las tres de la mañana pensando en el trabajo, sino un sueño profundo y oscuro que me dejaba amanecida y quieta. Desayunaba con Celia en la mesa del patio, con café de olla y frijoles con epazote, y el silencio entre nosotras no pesaba, sino que acompañaba. Empecé a ayudarle a recoger los huevos. A darle de comer a las gallinas. A llevarle agua a Nopal en una cubeta destartalada.
Una tarde estaba sentada bajo un árbol de guamúchil con Moreno dormido en mis piernas y uno de los perros tumbado a mis pies, y me di cuenta de que no estaba pensando en nada. No en el despido, no en los currículums, no en lo que diría mi mamá. Simplemente estaba ahí, con el sol pegando de lado y el olor a tierra y el ruido lejano de los pájaros. Y sentí algo que no sabía cómo llamar en ese momento pero que ahora sé que era paz.
Celia me vio la cara y se rió. Le dije que me estaba gustando el campo. Ella me dijo, espérate cuando llegue la temporada de lluvias y se nos inunde el corral, a ver si todavía te gusta. Pero lo decía con cariño.
Al cumplir un mes allá, recibí una llamada de una empresa en Guadalajara. Me ofrecían un puesto parecido al que había tenido, mismo horario, mismo tipo de trabajo, un poco menos de sueldo. La persona de recursos humanos me preguntó cuándo podría empezar. Le dije que necesitaba unos días para pensarlo. Colgué y me quedé mirando el corral. Una de las gallinas, la más vieja, la que Celia llamaba la Señora porque andaba muy seria y muy derecha, me miró fijamente. No sé por qué, pero en ese momento me dio risa y luego me dieron ganas de llorar.
Esa noche le conté a Celia lo de la llamada. Ella me sirvió otra taza de café y me dijo, tú sabrás lo que necesitas, pero te voy a decir una cosa, yo llevo veinte años aquí y nunca me he arrepentido de no haberme ido. No porque el campo sea fácil, porque no lo es. Sino porque aquí lo que haces con tus manos se ve. Siembras y crece. Cuidas y responde. En la ciudad uno trabaja mucho y no siempre sabe para qué.
Me quedé callada un rato. Le pregunté si ella creía que yo podría hacer algo así de manera real, no de vacaciones sino de verdad. Me dijo que tenía un terrenito al lado de su casa que había sido de su papá y que nunca había sabido qué hacer con él. Que si yo quería, podíamos hablar.
Llamé a la empresa al día siguiente y dije que no.
Los meses que siguieron fueron los más difíciles y los más vivos que he vivido. Con mis ahorros compré materiales para construir un pequeño cuarto en el terreno de Celia. Contraté a dos albañiles del pueblo que me cobraron lo justo y me enseñaron más de lo que esperaban. Aprendí que el adobe se raja si no se deja secar bien. Que los postes de luz del campo no llegan solos, hay que gestionarlos. Que el agua del pozo sabe diferente a la del tinaco de la ciudad y que hay que hervirla o filtrarla.
Compré cuatro gallinas. Las primeras dos semanas se me murió una porque no supe reconocer que estaba enferma. Lloré más de lo que me esperaba. Celia me dijo que eso pasaba, que el campo te enseña con las pérdidas también, no solo con los logros. Adopté a una perra que encontré en la carretera, flaca y asustada, con una pata herida. Le puse Canela. El veterinario del pueblo, un hombre mayor que atendía también a los caballos y las vacas, me la curó por una cantidad que me pareció increíblemente honesta. Me dijo que la perra tenía buen carácter y que iba a ser buena compañía. Tenía razón.
Mi mamá me llamaba con frecuencia al principio, preocupada, diciéndome que estaba tirando mi vida, que a mis años necesitaba un plan de retiro, que qué iba a hacer cuando me enfermara. Le explicaba despacio que estaba bien, que estaba haciendo algo real, que me levantaba temprano y que dormía sin pastillas. Ella no entendía del todo, pero poco a poco fue bajando la intensidad de sus llamadas. Una vez vino a visitarme. Se quedó tres días. Al segundo día estaba recogiendo huevos con las manos que nunca había imaginado que iban a sostener una gallina. Al tercero, me dijo que se veía que yo estaba diferente. No dijo bien o mal. Solo diferente. Y eso, viniendo de ella, fue suficiente.
Hoy tengo cuarenta y dos años. Tengo dieciséis gallinas, cuatro patos, a Canela, a dos perros más que aparecieron solos como aparecen siempre los animales en el campo, y a Moreno, que se ha vuelto el rey absoluto de todo el terreno y que por las noches todavía viene a dormirse junto a mí como si siguiéramos en el departamento de Guadalajara. Vendo huevos en el mercado del pueblo los jueves y los domingos. Tengo un pequeño huerto donde crecen tomates, chiles y quelites. No gano mucho, pero gasto poco y no me falta nada que de verdad necesite.
Hay días difíciles. Días en que el agua de la pila se acaba y hay que ir a buscarla. Días en que un animal se enferma y uno no sabe si va a pasar la noche. Días en que extraño poder pedir comida por teléfono o ir a un cine. Pero cuando me acuesto y escucho el silencio del campo, interrumpido nomás por los grillos y el viento entre los árboles, siento que estoy exactamente donde debería estar.
Nunca pensé que perder un trabajo iba a ser lo mejor que me pasara en la vida. Nunca pensé que un gato negro con una manchita blanca en la pata me iba a enseñar, sin hablar, que la paz no estaba en ningún ascenso ni en ningún sueldo. Que estaba en algo mucho más sencillo y más honesto. En la tierra que responde cuando la cuidas. En los animales que te eligen sin pedirte nada a cambio.
Hay un refrán que escuché una vez en el mercado, dicho por una señora que vendía hierbas junto a mí. Decía: el que sabe lo que tiene no le hace falta más. Yo antes hubiera pensado que era conformismo. Ahora sé que es sabiduría.