17/05/2025
Observo esta imagen, tomada en el año 2001 en mi taller de cerámica en Valencia, Venezuela (TAF, C.A.), y siento que el tiempo se detiene, pero a la vez, se acelera. En ella, con el fondo de mi espacio de creación rodeado de selva y mis queridas macetas de bonsái en La Entrada Vzla, se encapsula una década de dedicación. Para ese entonces, ya llevaba más de nueve años modelando sueños en arcilla y cuatro de ellos entregado con pasión al arte de las macetas para bonsái.
Ese día, la espera por la Sra. Luisa Alfaro, mi distribuidora y una bonsaísta experimentada cuyo entusiasmo trascendía fronteras, marcaba un antes y un después. Ella no solo era mi vendedora para Venezuela, Puerto Rico, Italia y Estados Unidos; era la materialización de un futuro que se abría. Poco sabía yo que, a partir de ese instante, mi historia tomaría rumbos inesperados: una mudanza a España, un regreso a Venezuela dos años después, y finalmente, en 2016, un retorno forzado a la tierra que me vio nacer y que hoy es mi hogar.
Aquí, en España, la arcilla me recibió de nuevo, como un viejo amigo que nunca juzga, solo espera. Retomé la cerámica y, con ella, mi compromiso con las macetas para bonsái, depurando mi técnica, perfeccionando cada curva, cada detalle, buscando la armonía perfecta entre la naturaleza y mi arte.
Esta fotografía no es solo un recuerdo; es la raíz de una pasión inquebrantable, la prueba de una resiliencia forjada a golpe de vida y hornadas. Es la historia de un artesano cuyo corazón late al ritmo del bonsái, y que, a través de cada maceta, busca honrar la belleza de la naturaleza y la perseverancia del espíritu. Cada pieza que ven en esta imagen, y cada una que he creado desde entonces, lleva consigo no solo la huella de mis manos, sino el latido de una vida dedicada a este hermoso arte.
Votar por esta imagen es reconocer una trayectoria, una pasión que ha superado desafíos y distancias, y que sigue floreciendo con la misma intensidad que el primer día