27/03/2026
Vamos a nuestra crítica gastronómica de la Miloja que nos hemos comido hoy en
1️⃣ Enfoque técnico
La milhoja de brandada de bacalao con crujiente de jamón es un plato que se apoya en tres ejes técnicos muy claros: emulsión, estructura en capas y contraste de texturas.
La brandada es, en esencia, una emulsión estable entre proteínas del bacalao y materia grasa (tradicionalmente aceite o combinación con lácteos). Su éxito técnico reside en:
una correcta desalación del bacalao, que evita picos de salinidad,
una temperatura controlada al emulsionar, para que no se corte,
una textura final sedosa y aireada, sin grumos ni exceso de densidad.
En la imagen, la brandada parece bien montada: volumen uniforme, color pálido limpio y sin signos de separación grasa.
La estructura de milhoja introduce un componente arquitectónico: capas que deben sostenerse sin colapsar. Aquí es clave que:
la brandada tenga suficiente cuerpo,
el elemento intercalado (probablemente masa, pan o similar) aporte soporte sin robar protagonismo.
El crujiente de jamón aporta técnica de deshidratación o fritura controlada. Bien ejecutado, concentra sabor y genera una textura quebradiza que contrasta con la untuosidad de la brandada. El punto crítico es evitar:
exceso de grasa residual,
amargor por sobrecocción.
2️⃣ Enfoque sensorial
Este plato entra por la promesa: cremosidad y crujiente en tensión.
En boca, la brandada se presenta como un volumen suave, envolvente, con un sabor profundo pero elegante del bacalao. No debe ser invasiva; debe ser persistente y redonda.
El crujiente de jamón irrumpe como contrapunto: salino, intenso, casi eléctrico. Rompe la monotonía de la textura y activa el paladar en cada bocado.
La experiencia es claramente dual:
untuosidad vs. fragilidad crujiente
suavidad marina vs. intensidad cárnica
calidez de la emulsión vs. sequedad del crujiente
La persistencia es alta, especialmente por la grasa de la brandada y la potencia del jamón, dejando un recuerdo largo y sabroso.
3️⃣ Fusión técnica–sensorial
Este plato funciona cuando la técnica está al servicio del contraste. No es solo una milhoja: es un diálogo entre estados de la materia.
Técnicamente:
la emulsión aporta cohesión,
la estructura organiza el bocado,
el crujiente introduce ruptura.
Sensorialmente:
la brandada abraza,
el jamón despierta,
la alternancia construye ritmo en la degustación.
El riesgo principal del plato —y donde se decide su nivel— está en el equilibrio:
demasiada brandada → saturación grasa,
demasiado jamón → agresividad salina,
capas mal definidas → pérdida de identidad.
Cuando ese equilibrio se alcanza, el resultado es un plato que evoluciona en boca: empieza suave, se rompe, se reconstruye y permanece.
Para afinarlo aún más, podría incorporarse un matiz fresco o ligeramente ácido (cebollino, ralladura cítrica, incluso un velo vegetal) que alivie la densidad y aporte verticalidad al conjunto.
En esencia, es un plato que, bien ejecutado, convierte una preparación tradicional en una experiencia estructurada y contemporánea, sin perder su raíz.
Se ha llevado sus correspondientes tres cucharas de palo 🥄🥄🥄