21/09/2026
Vero llegó a Italia hace tres años. En un país nuevo, su pareja fue lo primero —y durante mucho tiempo, lo único— que sintió como propio.
Un día viene a terapia y me dice "Che, sabés qué es lo que nadie te avisa cuando te vas a vivir afuera? Que hacer amigos de adulta ya es difícil en tu propio país... imaginate en uno nuevo, sin tu gente, sin tus lugares de siempre, arrancando de cero."
Y ahí aparece tu pareja. La persona conocida en medio de todo lo desconocido. Sin darte cuenta, se convierte en tu familia, tu amiga, tu paño de lágrimas y tu compañera de aventuras, todo junto.
Al principio se siente hermoso. "Por suerte nos tenemos", te repetís. Pero un día te escuchás pensando: "Siento que solamente te tengo a vos." Y ahí la cosa empieza a pesar distinto.
No es que tengas que alejarte de tu pareja, ni que estés haciendo algo mal. Es que armar una red de adulta —y más todavía en otro país— lleva tiempo, y muuucha energía, no tiene por qué depender de una sola persona.
Un café con alguien del trabajo. Un grupo de running. Una clase de lo que sea. De a poquito, sin apuro.
Tu pareja puede ser hogar. Pero no tiene por qué ser mundo
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