30/07/2026
Capítulo 5: Un regalo hecho de pinceles y color.
Cuando conocí a Alonso Enríquez, pintor muralista, entré por primera vez a un mundo que hasta entonces había observado desde lejos.
Mi prima Grisel, también pintora, fue quien nos presentó y quien me abrió las puertas de su taller. Allí, con la guía de Alonso, pinté mi primer cuadro: el retrato de un niño. Ya no conservo una fotografía de aquella obra, pero sí recuerdo la sorpresa que sentí al descubrir que no me había salido nada mal.
Después, mientras compartíamos la vida, fui haciendo mis primeros intentos. Pinté algunas obras, una de ellas participó en un concurso, y poco a poco me fui sintiendo atraída por la acuarela. Alonso me enseñó los pasos iniciales y yo continué explorando por mi cuenta.
Así nacieron aves, búhos, plumas, vasijas, mujeres y símbolos que hablaban de la naturaleza, de Paquimé y de ese mundo interior que siempre ha acompañado mis creaciones.
La pintura me permitió descubrir una capacidad que yo no sabía que tenía. No se convirtió en el camino al que quería dedicarme, porque mi corazón siempre regresaba a la artesanía, a los guajes, al puntillismo y al trabajo hecho con las manos.
Pero fue un regalo.
Un regalo que me dejó Alonso, que agradezco y conservo con cariño.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida y, aun cuando después los caminos cambian, dejan encendida una luz que ya nunca se apaga.
La pintura me enseñó que también podía contar historias con pinceles y color.
Y aunque no era mi destino final, fue otra puerta que me ayudó a descubrir todo lo que habitaba dentro de mí.
Continuará…