25/08/2025
En esta vida hay dos tipos de cocineros.
Los que cocinan porque aman,
y los que cocinan porque no tuvieron de otra.
Unos sueñan con ollas hirviendo,
con salsas que arden como pecados,
con platos que cuentan historias más largas que una vida.
Otros solo miran el reloj,
solo esperan el pitido de salida,
solo cumplen órdenes como quien aprieta tornillos en una fábrica.
Los primeros sangran por la cocina.
Aceptan quemaduras como medallas,
cicatrices como recuerdos,
y entienden que cada turno es un altar
donde se inmolan para crear belleza.
Los segundos sobreviven.
Pican cebolla con desgano,
fríen carne como si frieran su propia sombra,
y cuando acaba el turno, dejan la chaqueta
colgada junto con cualquier ilusión.
Los que cocinan por pasión sueñan con la cima,
y aunque el camino sea cruel,
aunque la espalda se quiebre y el estómago se retuerza,
saben que ese fuego interno los mantiene vivos.
Los otros, los que solo cumplen horario,
se convierten en fantasmas del oficio:
están, pero no son;
cocinan, pero no dejan huella.
Porque un plato sin alma no alimenta,
y un cocinero sin pasión
es solo un obrero del calor,
un vigilante de hornillas,
un cadáver vestido de blanco.
El mundo culinario no perdona tibiezas.
Aquí o te enciendes o te apagas,
o quemas con tus manos la historia,
o te consumes sin dejar ni un olor en el aire.
Y entonces, cocinero,
pregúntate:
¿eres de los que hierven por dentro,
o de los que solo esperan que alguien más apague el fuego?
“Porque en la cocina, como en la vida, no se sobrevive a medias: o ardes hasta ser leyenda, o te apagas sin dejar ni una brasa.”