21/05/2025
Antes de que los dioses hablaran y los hombres escribieran su historia, hubo un rey. No nació, fue forjado. No gobernó un reino, sino el mismísimo abismo.
Su nombre fue borrado de todos los libros, porque pronunciarlo era invocar tormentas y muerte. Su corona, engarzada con rubíes ardientes, brillaba con el fuego de mil soles caídos. Su rostro, ya consumido por la oscuridad, esculpido en la eternidad como advertencia a los ambiciosos.
Dicen que, en la hora más oscura, cuando el mundo tiemble ante su final, él volverá. No para gobernar… sino para reclamar lo que una vez fue suyo.
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