21/02/2026
Tardé 45 años en ir al jardín de infantes
Mi esposa siempre dice lo mismo.
Desde que la conozco —y ya hace muchos años— siempre repite una frase que parece simple, pero que esta carga de historia:
-Yo no fui al jardín..
Nunca lo dice como un dato frío. Siempre aparece como algo que la marcó. No como una herida visible, pero sí como una ausencia que dejó huella. Una falta que, aunque no le impidió aprender, crecer ni formarse, quedó ahí, silenciosa, acompañándola.
Y es curioso, porque si uno mira su recorrido, nada parece haber fallado. Es una persona inteligente, creativa, con una enorme capacidad de liderazgo. Es psicopedagoga, licenciada, comprometida con su trabajo, profundamente sensible al mundo de más los chicos. Siempre le gustó trabajar con niños. Siempre.
Con el tiempo, empecé a pensar que tal vez esa ausencia temprana -no haber ido al jardín- no fue solo algo que faltó, sino algo que empujó.
Como si ese no-lugar de la infancia hubiera encontrado, años después, una forma de decir: acá estoy.
Hoy, a los 45 años, mi esposa es titular en escuelas primarias, forma parte de equipos de orientación escolar. Y hace muy poco tomó una decisión importante: hizo el traspaso de un cargo, para comenzar a trabajar en un jardín de infantes, también en el equipo de orientación.
Y entonces, un día, casi sin solemnidad, dijo:
-Tardé 45 años en ir al jardín-.
Juro que cuando la escuché, todo pareció cobraba sentido.
No era solo una frase.
Parecia más una reparación.
Un cierre.
Una llegada.
Porque no siempre vamos a los lugares cuando nos toca cronológicamente.
A veces vamos cuando podemos.
Cuando estamos listos.
Cuando el sentido aparece.
Ella no fue al jardín como niña, pero llegó como adulta, como profesional, como alguien que puede cuidar, acompañar y sostener a otros en ese mismo espacio que alguna vez no tuvo.