08/08/2025
Se me fueron los años… y no me di cuenta.
Entre desayunos fríos y camas vacías.
Entre hijos que crecieron y promesas que se olvidaron.
Entre “mañana lo hago”, “ya casi”, y “todo está bien”… aunque no lo estuviera.
Se me fueron los años sosteniendo a todos, menos a mí.
Callando para no incomodar.
Cediendo para no discutir.
Quedándome en segundo plano para no estorbar.
Me convertí en la mujer invisible.
La que todos buscan cuando necesitan algo…
pero a la que nadie pregunta si necesita un abrazo.
Y un día, sin avisar, sin llanto, sin escándalo…
me vi al espejo.
Y no lloré. Me hablé.
Me dije:
“Ya estuvo bueno.”
A mis casi setenta, cuando creí que lo único que podía levantar era una taza de café…
me levanté a mí.
Se me levantó la dignidad.
Esa que estuvo escondida durante años entre mis huesos, esperando que yo me eligiera.
Y lo hice.
Con voz temblorosa pero firme, dije:
¡Basta!
Basta de fingir.
Basta de ser la última.
Basta de aceptar lo mínimo y agradecerlo como si fuera mucho.
Hoy, con arrugas en la piel pero claridad en el alma,
me reconstruyo.
Recojo a la mujer que soñaba, que reía sola,
la que no pedía permiso para vivir.
Y me abrazo.
Porque no es tarde.
No es tarde para decir “yo primero”.
Para aprender a amarme sin culpa.
Para dejar de sobrevivir y empezar —por fin— a vivir.
Hoy me reinvento.
Y lo haré como se me dé la gana.