25/01/2024
En cada momento de nuestras vida nos comunicamos con varias personas. Intercambiamos anécdotas, pensamientos, conocimiento, etc. Pero olvidamos que la conversación más importante de nuestro diario vivir es la que mantenemos con nosotros mismo. ¿Has tomado conciencia de lo que nos decimos día a día?
Ocasionalmente, podemos levantarnos, mirarnos al espejo y decirnos cosas negativas: estoy gordo, ya tienes arrugas, se te está cayendo el cabello, si tan solo fueras más alto. Nos llenamos la cabeza de pensamientos negativos hacia nosotros, lo que llevará a que tengamos una apreciación negativa de nosotros mismo y del mundo que nos rodea.
¿Te sientes identificado con este tipo de situaciones?
Hay algo bueno que tengo que contarte. En el libro, "La trampa de la felicidad" de Rush Harris, en su cuarto capítulo nos explica lo fascinantes que pueden llegar a ser la palabras en nuestra vida. Pero para eso debemos primero entender que hay tres maneras en las que hablamos con nosotros mismo. A través de pensamientos (palabras dentro de nuestra cabeza), imágenes (visiones dentro de nuestra cabeza), sensaciones (sentimientos dentro de nuestra cabeza).
Hablemos de los pensamientos:
Los pensamientos, nos habla de nuestra vida y de como vivirla, nos dicen como somos y como deberíamos vivir, qué hacer y qué evitar. Lo hacen a través de hechos históricos reales (hecho que sí pasaron) y de hechos históricos falsos, que son una mezcla de opiniones, actitudes, juicios, ideales, creencias, teorías, moralidad, planes, estrategias, objetivos, deseos y valores sobre la vida. Estos pensamientos son los que deberían ser útiles para construir la vida que queremos.
Si cuidamos lo que pensamos y nos decimos de nosotros mismo, podremos evitar caer en la trampa de no considerarnos dignos de ser felices, de no merecernos las cosas buenas que nos pasan en la vida, de no amarnos a nosotros mismo y aceptarnos tal y como somos.
Te invito a qué cuidemos la manera en la que nos hablamos, cuidemos nuestro diálogo interno y fortalezcamos nuestro amor propio. Porque si Micky te ama, hijo de perra, ¿por qué no te amarías tú mismo?
Con amor,
Andrés.
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