17/06/2026
Después de 12 años trabajando entre alfombras, textiles, tiendas, talleres y casas de todo tipo, hay algunas cosas que he aprendido.
Y casi ninguna tiene que ver con decorar.
He aprendido que las casas más bonitas no son las más perfectas.
Que una casa se construye poco a poco, igual que una vida.
Que las mejores decisiones suelen tomarse despacio.
Que comprar menos y elegir mejor casi siempre funciona.
Que las tendencias pasan, pero las piezas que cuentan una historia se quedan.
Que el color da más miedo de lo que realmente merece.
Que una casa no tiene que impresionar a nadie. Solo tiene que hacer feliz a quien vive en ella.
Que confiar en tu intuición suele dar mejores resultados de los que imaginas.
Y sobre esto último he pensado mucho.
Porque durante años creí que trabajaba por intuición.
Hoy creo que esa intuición no sale de la nada.
Sale de miles de conversaciones con clientes.
De cientos de casas visitadas.
De viajes constantes a Marruecos.
De aciertos y errores.
De haber abierto una tienda, cerrado otra y reinventado mi forma de trabajar.
Todo eso se va quedando dentro. Y llega un momento en el que reconoces cosas antes incluso de saber explicarlas.
Mirando atrás, creo que las alfombras han sido solo una excusa.
Lo mejor de estos años ha sido todo lo que he aprendido de las personas y de las casas que construyen para vivir su vida.
Y quizá por eso, después de tanto tiempo entrando en hogares, sigo pensando lo mismo:
Una casa bonita no es la más grande, ni la más cara, ni la más perfecta.
Es la que habla de quien vive en ella.
💖✨