22/02/2025
A ti, que buscas siempre lo único...
Lo que es por lo que está
Esta foto dice mucho de lo que es el oficio de la escritura.
Está la idea, la historia, está el escritor, está el lector.
Ahí, como cada vez que celebramos una presentación, o cada vez que te acercas a mi perfil y lo ves, así, como hoy, lo ves materializado, pero antes, al comienzo, en el germen, en la investigación, en el desarrollo, cuando se escribe el punto final del texto, solo estamos eso que muestra la foto -tengo suerte inmensa de poderlo mostrar- una historia y la cabeza que la concibe.
Hay varios elementos más, por eso es tan buena para mí esta foto... la firma, la dedicatoria es la guinda de circuito de comunicación que se inició cuando la historia y pudo editarse y componer un libro. Hubo un receptor que aceptó la promesa de un mensaje que quisiera escuchar, y le dice al emisor y creador que está recibido. En el proceso literario además, se cierra el cauce creando otro, y es la experiencia de contacto íntimo, sí íntimo, no temáis, entre el creador y el receptor; uno le acaba de entregar al otro el universo que concibió, todas las energías que puso en él, y lo acaba de sellar con el ultimo acto de darse, un segundo de dedicar esas palabras especiales solo para ese lector y no otro. El lector ha establecido ya el vinculo personal con el autor desde el mismo momento en que escoge ese universo y no otro para internarse en él, pero el escritor no tiene noticia aún de esa elección individual. Cuando un lector te ofrece el libro y reclama su derecho ganado a una dedicatoria, el escritor cumple, cierra la puerta monumental y antigua que guarda la historia y la protege con el lacre de su dedicatoria. El lector no se merece menos.
Está la mesa, negra, el sostén y testigo de todos esos momentos en los que peligra el proyecto, el acabar la historia, en medio de la soledad de crearla.
Está la SOLEDAD. Sin ella no hay escritura; La soledad como base del guiso, ingrediente principal, una soledad agua de colonia florida, de apariencia ligera y cimientos de piedra, como mi Palacio Xort, coqueta, enfadada por saberse envuelta en un velo negro que no es el suyo, como el de esa mesa, que cae por sí mismo cada vez que el escritor avanza un línea.
Está el vacío, en torno a ellos, indispensable, esperando a ser ocupado sin apartarse; una silla, una mesa, una pared, una cabeza pensando, un boligrafo, una mano que lo sujeta, una idea acunada en los abrazos neuronales, gelatina de víscera temblorosa en la duda de si crecerá y tomará cuerpo, de si llegará a ver impreso el sello de la dedicatoria en su carne de papel.
Una cosa más: Me gusta esta foto.
Gracias a la Libreria Diógenes de Alcalá de Henares.
Editorial Fanes
Librería Diogenes
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