09/08/2026
Gallinas de cerámica
A Raíz de Barro llegamos casi por accidente. Durante el viaje, al visitar distintos pueblos en los alrededores de Comala, conocimos a familias fabricantes de chocolate, a artesanos que elaboran máscaras ceremoniales y a quienes, en medio de la nada, aún cultivan café y pueden preparar un espresso a media tarde para recuperarte después de subir el equivalente a 151 pisos de cerro.
En todos los sitios hubo algo en común: hermosas piezas de cerámica que representaban a los tradicionales perritos bailarines, que pueden observarse en su modalidad gigante en la glorieta de salida de Colima, o calabazas tan bien hechas que cuesta distinguirlas de las reales que, en cuidadosos montones, bordeaban el camino entre Sahuayo y Jiquilpan. La gente nos contaba que eran réplicas de figuras prehispánicas halladas en la zona y que podríamos encontrarlas en las tiendas de artesanías de la localidad.
Seguramente —y aquí dejo que mi imaginación me ampare— algunas de esas piezas eran quizá originales, extraídas de las numerosas tumbas de tiro asociadas a las culturas del antiguo Occidente que habitaron este territorio mucho antes de la llegada de los españoles. El guía que nos acompañó a la zona arqueológica de La Campana nos contó que, por la estructura de su construcción, las tumbas de tiro pueden favorecer la conservación de los entierros, al encontrarse rodeadas de una cámara de aire y no estar tan expuestas al colapso de estructuras superiores. Además, nos explicó que los movimientos sísmicos de la zona, atribuidos casi siempre a los volcanes, pudieron contribuir al abandono de algunas construcciones y a que sus habitantes tardaran en volver por lo que los saqueos y destrucción vendrían muchos años después.
Con esta información, recorremos con mirada atenta todas las casas de artesanías a nuestro paso. Desde las más turísticas hasta las más auténticas, pero no hallamos algo que atrape nuestro corazón. Con frecuencia nos pasa que, al encontrar un objeto peculiar y preguntar por él, nos dicen que precisamente ese no está en venta. Se trata de legados familiares, de pequeños tesoros que ocupan lugares privilegiados a la vista de todos, pero que permanecerán en el hogar para siempre.
Raíz de Barro aparece en los mapas como tienda de cerámica y hacia allí dirigimos nuestros pasos. Resulta que no es una tienda sino un paraíso.
Carina ha construido allí su hogar y taller. Nos abre con absoluta confianza las puertas de su casa de dos patios, que enseguida conquista mi corazón. Más de una vez nos explica que está en reparaciones y que por eso hay mucho desorden y caos. Yo no encuentro el caos sino la maravilla: los jardines centrales con árboles frutales y hortensias, la mesa de jardín con semillas de parota, lo mismo naturales que de barro. Dos perros enormes custodian el lugar y nos acompañan en el recorrido.
Carina nos muestra su taller y nos cuenta que es ceramista. Sin pedirlo, pronto estamos sumergidos en una clase sobre el barro. Con paciencia y entusiasmo nos presenta su muestrario: las esferas pulidas de tierras de colores de nuestro México inabarcable. Reconocemos algunos tonos, aprendemos que pueden crearse otros. Nos habla del barro auténtico, que viene en piedra y hay que moler a consciencia y del barro comercial que aunque se supone viene directo de yacimientos naturales no presenta nunca variaciones de textura ni de color.
Le intriga nuestra presencia ahí y le contamos un poco de nuestras aventuras con la cerámica. Básicamente somos admiradores y observadores porque crear piezas propias aún está en nuestra lista de pendientes. Escuchamos su postura y sus opiniones sobre la Escuela Nacional de Cerámica que visitamos el año pasado en lo que se cree son los restos de la Hacienda de la Media Luna, una iniciativa de la que ya he hablado aquí, pero que, frente a la experiencia de otros artesanos, aún resulta insuficiente y superficial en términos de registro histórico. Nos habla a detalle de un perrito de cerámica que hizo un amigo suyo y de un pequeño museo que hay en una población llamada Nogueras que ya no nos da tiempo de visitar.
Mientras hablamos, van llegando las alumnas. Casi todas son mujeres. El área de taller es amplia, con toda la luz natural posible, ordenada y acogedora. Pienso que bien podría venir a pasar aquí un par de semanas. Hay tantas cosas por aprender en la vida…
Entonces le explicamos que estamos en busca de piezas artesanales genuinas, no réplicas comerciales masivas. Nos cuenta que tiene la tienda cerrada y nos habla del Premio Nacional de Cerámica, que justo ese fin de semana tiene lugar en Tlaquepaque. Nos dice que ahí encontraríamos seguramente algo que nos enamoraría. El centro cultural El Refugio, donde tiene lugar la. muestra, también nos queda fuera de ruta. Supongo que nota nuestro desencanto así que, finalmente, nos invita a pasar a su tienda, que funge temporalmente como bodega.
Carina crea gallinas de cerámica en una multitud de variantes: como contenedores para poner los huevos, como bases para las cosas calientes, como móviles para escuchar el viento. Tiene también algunas piezas de sus alumnas y de amigas.
Y en medio de todo: unas figuras de colibríes en madera y cuerno de toro que son un homenaje perfecto para Francesca y una calabaza de barro perfecta, hecha por la propia Carina.
Volvemos a casa con ella. Deberá encontrar su lugar en ese espacio museo que habitamos cotidianamente. Viene con ella una historia, el nombre de su creadora y las emociones que rodean el encuentro. Carina me cuenta de despedidas recientes, del caos de la remodelación, del hogar que encontró en Comala y que ahora reconstruye. Hablamos de reordenar la casa como metáfora de acomodar la vida y aprender a habitar nuevas versiones de nosotros mismos un día a la vez.
Salimos de ahí con el corazón llenito: Comala es un lugar que invita a volver, aunque Sabina diga lo contrario.
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En la foto: Comala, Colima. Agosto de 2026.
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