13/06/2026
SAN CRISTÓBAL ERA UNA PELÍCULA SURREALISTA - San Cristóbal era como una película surrealista cuando llegué.
Uno de los personajes que conocí entonces fue Ezequiel Robles, cuya obra, en 2025, se expuso en la Galería de Kikimundo. Durante las fiestas algo alocadas en casa de Gabriel —fiestas frecuentes y muchas veces espontáneas, porque ya no existía una discoteca—, Ezequiel de repente se apartaba y pintaba cuadros abstractos, coloridos y muy bellos. Un tiempo andaba con mi amiga suiza Kristin. Luego nos perdimos por caminos de vida diferentes y, desgraciadamente, él dejó de pintar. Solo retomó la pintura en los últimos años de su vida - según me platicaron sus hijos en la inauguración de su exposición posthuma - hasta su muerte en 2023.
Al inicio de mi estancia en estas tierras, también visité el rancho que ahora llaman Rancho Elar. Hace unos doce años fue invadido y, en un abrir y cerrar de ojos, los invasores talaron mil árboles, muchos de ellos viejos y preciosos robles. Allí vivía la pintora Flora Edwards, de quien dicen que es prima de la reina Isabel de Inglaterra, aunque no sé si eso sea verdad.
Todos conocían a la extravagante Flora Edwards. Había llegado a la ciudad con su esposo estadounidense, Richard. Tenían un estudio de grabación en Nueva York donde trabajaban con celebridades como los Rolling Stones. Pero cuando yo llegué, Flora ya no vivía con Richard. Estaba sola, tenía un hijo muy güero, de Richard, y otro moreno.. no de Richard y probablemente por eso Richard se había regresado a Nueva York.
En su hermoso rancho había construido una capilla, dónde los indígenas, especialmente de Zinacantán, venían a rezar y cantar. Cada junio organizaba una gran fiesta; la capilla se llenaba de flores, de músicos tradicionales con sus melodías de trance, se quemaba copal y la atmósfera era bella, muy espiritual y emocionante. Todo fluía, incluso el pox.
Flora, en su momento, se convirtió al Islám, se desapareció un buen rato y, cuando regresó a estas tierras, me contó que se había vestido de hombre y había llegado hasta La Meca. Después se fue a vivir a Estados Unidos, por lo que su bello rancho quedó abandonado y fue invadido. Su hijo güero, Virgilio, cuando ocurrió la invasión, dejó su vida acomodada en Nueva York para luchar por el rancho y logró recuperarlo. Hoy Flora vive con él y su familia allí. Ya nunca la veo. No sé si sigue siendo musulmana. Sigue publicando bellas obras en su portal de Facebook y, allí, de vez en cuando, me la encuentro: ya una señora octogenaria.
Flora era y sigue siendo una excelente pintora. En el Museo Na Bolom, aún, existe un mural que pintó antes de la muerte de Trudy Duby.
En aquellos años, en las numerosas fiestas en casa de Gabriel o en el restaurante La Cabaña de Francisco y Celia Álvarez, conocí por primera vez a Francesco Pellizzi. Él vivía en el Rancho Pellizzi, cerca del Peje de Oro, en una enorme y antigua casona que pertenecía al Viejo Molino. Años después —tras el levantamiento zapatista—, también fue invadida por diferentes grupos y hoy casi no queda nada de esa preciosa propiedad. Tampoco ya casi no queda ni un árbol. Esto de que un indígena no corta una planta sin anteriormente pedir permiso, se me hace un mito romántico de los europeos. Aquí veo que la mayoría de las personas – indígenas, mestizos y blancos – cortan cualquier árbol en un dos por tres sin detenerse ni un segundo.
En los años ochenta y principios de los noventa, mi amiga, la pintora Christel Becker, vivía allí, en el Antiguo Molino, con su esposo, sus perros y gatos, y estaba creando allí el jardín más bello de la zona. Pero una noche también a ella la corrieron. Dejó muchas de sus pertenencias atrás y se fue, con esposo, perros, gatos, colores y pinceles, a vivir un tiempo en Honduras. Luego regresó sin esposo, adquirió nuevos perros y gatos, y eso fue hace décadas. Sigue pintando y creando bellísimos jardines, aunque ahora más pequeños.
Dicen que Francesco Pellizzi, cuando compró esas tierras en El Antiguo Molino, las encontró vacías de árboles y él solo reforestó todo el bosque que yo conocí cuando llegué. Era tan precioso el bosque que allí se escondían hadas y duendes.
Había —o hay— un bello camino que pasaba por el Antiguo Molino y llevaba al río, hasta una cueva donde éste nace. Caminé incontables veces por ahí con mis amigas, entre borregos, hongos y hierbas, rodeadas de montañas. Parecía que en cualquier momento íbamos a ver un hada o un duende. ¡Casi llegamos a verlos!
Pero esas tierras, aunque fueron declaradas Parque de la Reserva de la ciudad, La Reserva Gertrude Duby, también han sido invadidas. La ciudad no defendió su parque. Francesco perdió su rancho y murió en Nueva York. Ya casi no hay bosque, el río parece una cloaca y en la zona se disputan el control distintos grupos de narcotraficantes.
¡Ay, qué bien hace recordar viejos tiempos!
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Foto: el San Cristóbal de antes, por Marces Jacobson