02/04/2026
El 1 de noviembre de 1998, un exparacaidista británico de 29 años llamado Karl Bushby se plantó en Punta Arenas, en la Patagonia chilena, con poco dinero en el bolsillo y una idea que sonaba a locura.
Iba a volver a casa caminando, hasta Hull, Inglaterra.
Ni avión. Ni coche. Ni barco. A pie. Paso a paso. Sin atajos. Sin excepciones.
La distancia: unos 58.000 kilómetros a través de cuatro continentes.
Su cálculo: entre ocho y doce años.
La realidad: sigue en marcha… y está a punto de llegar.
Bushby se impuso dos reglas de hierro. Regla uno: ningún transporte motorizado puede hacer avanzar la ruta. Si tiene que volar por un asunto de visados, debe regresar al punto exacto donde lo dejó y retomar desde allí. Regla dos: no puede volver a casa hasta poder llegar caminando.
Esas dos reglas, tan simples, convirtieron un plan de una década en una odisea de 27 años.
Los primeros años atravesaron Sudamérica. Luego llegó el Tapón del Darién: esa franja de selva entre Colombia y Panamá marcada por el contrabando y los grupos armados. Bushby tardó casi dos meses en cruzarla, peleando con un terreno que castiga cada paso. Salió vivo. Y siguió caminando.
Centroamérica. México. Estados Unidos entero. Para 2005, ya había alcanzado Alaska.
Por delante había algo que parecía imposible: el estrecho de Bering.
En marzo de 2006, Bushby y el aventurero francés Dimitri Kieffer intentaron lo que casi nadie había hecho dentro de una caminata continua: cruzar el estrecho a pie. Durante 14 días, avanzaron unos 240 kilómetros sobre hielo ártico roto y en movimiento. Saltaban entre placas de hielo. Llevaban rifles por los osos polares. Usaban trajes de inmersión por si el hielo cedía.
Llegaron a Rusia.
Y allí los detuvieron de inmediato los guardias fronterizos.
Las gestiones diplomáticas —con intervención de John Prescott, entonces viceprimer ministro británico, y Roman Abramovich, entonces gobernador de Chukotka— evitaron que la expedición se hundiera. Pero los problemas de visados apenas empezaban.
Los permisos de estancia eran demasiado cortos para cruzar Siberia, un territorio que a pie se vuelve viable sobre todo en pleno invierno, cuando ríos y pantanos se congelan. Podía caminar unos meses, y luego tenía que salir.
En 2008, con la crisis financiera, los apoyos se esfumaron. Se quedó varado durante un largo periodo, sin poder continuar como quería.
En 2013, Rusia lo vetó durante cinco años.
La respuesta de Bushby fue brutal: caminó más de 4.800 kilómetros desde Los Ángeles hasta Washington D. C., hasta la embajada rusa, para protestar en persona. El veto terminó levantándose.
Siguió adelante: Mongolia, el desierto del Gobi, y luego Asia Central.
Y entonces no consiguió visado para Irán.
Y después la COVID-19 paralizó el mundo.
Atrapado sin una salida clara por tierra, Bushby tomó una decisión extraordinaria: cruzaría a nado el mar Caspio.
El mar Caspio. Unos 288 kilómetros de aguas abiertas. Y Bushby lo admite: “Definitivamente no soy nadador, ni me gusta nadar”.
Se entrenó durante un año. Sumó a la caminante Angela Maxwell. Y organizó apoyo logístico, con la participación de nadadores de Azerbaiyán y embarcaciones de seguridad.
A mediados de agosto de 2024, empezaron. Durante 31 días, nadaron por turnos —tres horas por la mañana, tres por la tarde— y dormían en los barcos de apoyo por la noche. Mar bravo. Viento fuerte. Agotamiento mental.
En septiembre de 2024, tocaron Azerbaiyán.
Desde ahí, Bushby caminó hacia el oeste, atravesó el Cáucaso y entró en Turquía, recorriendo más de 2.000 kilómetros en unos meses. El 2 de mayo de 2025, cruzó el Puente del Bósforo en Estambul: por primera vez desde 1998, pasó de Asia a Europa a pie.
Veintisiete años. Cuatro continentes. Decenas de miles de kilómetros.
A finales de 2025, Bushby caminaba por Hungría con alrededor de 1.500 kilómetros por delante hasta Hull.
Y queda un último obstáculo: el Canal de la Mancha. Para mantener sus “huellas ininterrumpidas”, necesita cruzarlo sin que un transporte motorizado lo haga avanzar. Nadar es posible, pero peligroso. Su esperanza: atravesar el Túnel del Canal de la Mancha por el túnel de servicio, un paso no abierto legalmente a peatones. Tras 27 años y más de 47.000 kilómetros, espera que las autoridades autoricen esa última etapa de unos 34 kilómetros.
Las cifras impresionan: 27 años. Más de 47.000 kilómetros caminados. Más de 20 países. Cuatro continentes. Muchos años de marcha real y otros tantos tragados por visados, crisis, pandemias y burocracia.
¿Qué lleva a alguien a hacer algo así?
“Es un reto”, lo dice sin adornos. No por caridad. No por fama. Porque es difícil. Porque nadie lo había hecho. Porque el desafío estaba ahí.
Pero su mayor descubrimiento no fue sobre distancia ni resistencia.
“El 99,99% de la gente que he conocido ha sido lo mejor de la humanidad”, dice. “El mundo es mucho más amable de lo que a veces parece”.
En algún punto de Europa, ahora mismo, un británico de 56 años sigue caminando hacia el oeste. Igual que desde 1998.
Detrás: un rastro de huellas que se estira más de 47.000 kilómetros hasta Chile.
Delante: alrededor de 1.500 kilómetros hasta casa.
Sin aviones. Sin coches. Sin atajos.
Si llega a Hull antes de septiembre de 2026, Karl Bushby habrá pasado casi tres décadas demostrando algo simple y enorme: a veces, el camino más lento es el único que realmente importa.
Está a punto de lograrlo.
A punto de llegar a casa.
Después de 27 años negándose a rendirse.
Fuente: Infobae ("Karl Bushby, 27 años caminando y todavía no ha llegado a casa: dar la vuelta al mundo a pie atravesando desiertos, hielo, guerras y cárceles", 12 de agosto de 2025)