31/12/2025
Las transiciones. Si hay algo de lo que sabe la arquitectura es de ellas. De umbrales, puertas y portales, de espacios intermedios, de pasajes.
De esos espacios que no son ni origen ni destino, sino el estadio intermedio donde algo cambia. Las transiciones no son residuales, se piensan, definen cómo se entra, cómo se sale, cómo se atraviesa. Ordenan el ritmo del habitar y preparan al cuerpo y a la mirada para lo que viene después.
Históricamente han tenido una carga simbólica enorme. El pronaos griego era justamente eso,
un espacio intermedio, previo al templo,
donde el paso se volvía consciente. Para los romanos, atravesar el umbral significaba pasar de un mundo profano a uno sagrado, del macro al microcosmos. Un acto consciente, cargado de sentido, que marcaba un antes y un después. Y aún hoy, puertas, accesos y pasajes continúan teniendo una relevancia fundamental. Se manifiesta de múltiples maneras: en el cuidado del acceso, en el énfasis puesto en el atravesar, en el esmero con el que se diseñan y se construyen los pasajes, reconociendo su importancia, consciente o inconscientemente.
En las transiciones el espacio se vuelve experiencia. La escala, la luz, la materialidad y el entorno dialogan para acompañar el paso de un estado a otro. Nada ocurre de forma abrupta, todo se transforma.
Hay algo de esa misma lógica en el fin de año. No como un cierre definitivo, sino como una transición en sí misma: un instante suspendido y activo, donde lo que fue empieza a quedar atrás
y lo que viene aún no se define, pero ya empieza a insinuarse. Un tiempo intermedio que, como en la arquitectura, no es residual ni vacío, sino un espacio cargado de sentido.